Siempre había pensado que la paz interior era algo que se podía racionalizar, confianza a ultranza en uno mismo, una pizca de egoísmo y aislarse de los problemas mundanos constituía a mi parecer la receta infalible para alcanzar la perfecta “armonía”. El hecho de alcanzar con esta receta un estado de concordia con uno mismo, en el cual el alma descansa en un santuario infranqueable, se traduce en una aparente felicidad. Precisamente ese estado ficticio, fruto de un maquiavélico plan con el claro objetivo de evadir la realidad, no es más que un camino de rosas hacia un siniestro final. Un camino de rosas sin esperanza por el cual un viejo y cobarde león camina altivo y orgulloso a ojos de sus semejantes. Ese aspecto temible es la máscara perfecta que oculta su falta de valor para enfrentarse al destino en vez de pelear fiel a su condición. Bajo esa felina apariencia es fácil aparentar una seguridad de acero al igual que un corazón insensible, atrapado en un calabozo de latón. Pero las cárceles están hechas para ser mancilladas y a pesar de ser insensible, su latido puede ser suficiente, por su naturaleza de corazón, para romper la celda y echar a volar. Y en ese estado de libertad, inmune a las terribles perspectivas de los males futuros, como si se tratase de la elección de un espantajo relleno de serrín, el león descerebrado escapa de su morada de hojalata para convertirse en un débil y vulnerable ser humano.
Y con la condición de ser humano como lastre, recorro el camino de rosas con más pena que gloria, resignado a su voluntad y sin esperanzas de encontrar las losas amarillas que me alejen del pedregoso camino que he decidido recorrer. Dicen que caminante no hay camino, se hace camino al andar, pero si al menos dejase huella…
PD: Dedicado al autor del Mago de Oz, de cuyo nombre, simplemente no me acuerdo.
Wednesday, October 28, 2009
Wednesday, October 14, 2009
Postdata
Más que una postdata, esto es casi un epílogo, o algo por el estilo. Todo comenzó hacía unos días cuando había conocido a una chica en una fiesta a priori intrascendente, una chica interesante y con la cual parecía que podía conseguir algo más, sobre todo cuando al invitarla a tomar una cerveza el siguiente sábado sonrió y aceptó. El día D prometía, me iba a salir con la mía una vez más y el preludio era una exaltación de la felicidad y la autoconfianza. Seguro de mi mismo y de mi futuro triunfo en el campo de batalla caminaba contento, casi saltando, olvidando mi paso firme y militar, disfrutando de las mieles de la victoria antes de entrar en combate. Sin embargo era tan intensa la sensación de triunfo como efímera resultaría. Antes de la hora H me dirigí a mi cuartel donde tomé una simple y reconfortante ducha, un chorro de agua caliente que despejaba mi mente, buscando grandes planes antes de la batalla. Ninguna táctica de combate preparada, tan solo improvisación con la intención de coger desprevenido al enemigo. Apuré la cerveza antes de ponerme las botas y partir, pero algo me animó a comprobar que no había cambio de planes por parte del alto mando e hice clic en la unidad de comunicaciones. Y en aquella pantallita estabas tú lo cual, y esta vez los extraños caracteres de tu status reproducían una cara triste, pero aquel paréntesis era algo más triste de lo habitual. No era la primera vez que una cara triste aparecía en tu estado, pero esta vez era desolador, no preguntes como se puede distinguir expresividad en unos caracteres Times New Roman, pero lo cierto es que tan pronto como lo vi sabía que algo no iba bien. La fantasía del desembarco desapareció de mi mente en un abrir y cerrar de ojos y tecleé un rápido “por qué estás triste?” que fue seguido de unos interminables segundos en los que no despegué mi vista de mi estúpido ordenador, el cual me decía que estabas escribiendo un mensaje. Durante esa interminable espera mi corazón se encogió poco a poco, sabiendo que algo iba mal, y unos segundos después tu mensaje hizo pop! en mi monitor, preguntándome si recordaba las pruebas que habías hecho en el hospital. En ese momento se me cayó el mundo encima, literalmente. Tu enfermedad había vuelto.
Qué decir? Cómo reaccionar? Las palabras carecían de valor en esa situación y tan solo un sincero abrazo podría significar algo, o por lo menos transmitir la pena que comenzaba a aflorar a borbotones en mi interior. Mi autoconfianza se transformó en desprecio hacia mi persona, absoluto, sin lugar a dudas, me detestaba. Cinco minutos atrás pensaba en acostarme con otra chica, y posiblemente tú, todavía tenías en mente esperanzas en que lo nuestro funcionase y nos convirtiésemos en una pareja. Esperanzas fundadas porque esta carta nunca te la di aunque tuve oportunidad de ello en las múltiples noches que compartimos cama después de que te sincerases.
Había seguido jugando, amparado en el vacío legal de nuestra relación, pero la situación se había complicado en exceso. Si me lo cuentan, diría que el chiste se convirtió en broma pesada. No podía ser cierto! Eras mi amiga, te quería, eras muy importante para mi, me gustaba despilfarrar el tiempo contigo, pero también sabía que aquello que teníamos no se correspondía con el término amor, algo que deseabas. El problema se había magnificado, se me había ido de las manos, ahora no sólo tenía a una frágil niña jugando a un juego en el que saldría dañada, sino que además una de mis mejores amigas estaba enferma y no podía ayudarla sin evitar ese peligroso juego. Deseaba estar contigo, ayudarte, abrazarte, darte el cariño que todo el mundo necesita en esta situación. Sin embargo, ese cariño, ese amor, sí, puede llamarse amor aunque no en el sentido convencional que todo el mundo entiende, se podría confundir con el otro amor. Malditas palabras.
Qué decir? Cómo reaccionar? Las palabras carecían de valor en esa situación y tan solo un sincero abrazo podría significar algo, o por lo menos transmitir la pena que comenzaba a aflorar a borbotones en mi interior. Mi autoconfianza se transformó en desprecio hacia mi persona, absoluto, sin lugar a dudas, me detestaba. Cinco minutos atrás pensaba en acostarme con otra chica, y posiblemente tú, todavía tenías en mente esperanzas en que lo nuestro funcionase y nos convirtiésemos en una pareja. Esperanzas fundadas porque esta carta nunca te la di aunque tuve oportunidad de ello en las múltiples noches que compartimos cama después de que te sincerases.
Había seguido jugando, amparado en el vacío legal de nuestra relación, pero la situación se había complicado en exceso. Si me lo cuentan, diría que el chiste se convirtió en broma pesada. No podía ser cierto! Eras mi amiga, te quería, eras muy importante para mi, me gustaba despilfarrar el tiempo contigo, pero también sabía que aquello que teníamos no se correspondía con el término amor, algo que deseabas. El problema se había magnificado, se me había ido de las manos, ahora no sólo tenía a una frágil niña jugando a un juego en el que saldría dañada, sino que además una de mis mejores amigas estaba enferma y no podía ayudarla sin evitar ese peligroso juego. Deseaba estar contigo, ayudarte, abrazarte, darte el cariño que todo el mundo necesita en esta situación. Sin embargo, ese cariño, ese amor, sí, puede llamarse amor aunque no en el sentido convencional que todo el mundo entiende, se podría confundir con el otro amor. Malditas palabras.
Saturday, October 3, 2009
Carta de despedida y olvido
Estimada, querida…
Nunca pensé que esto fuese tan difícil, y nunca pensé que pudiese empezar tan mal. Estimada, querida, etc… multitud de posibilidades, pero ninguna apropiada. Si fuese lo suficientemente valiente como para mirarte fijamente a los ojos, podrías interpretar el encabezamiento correcto, pero en este caso me parece que no hay palabras suficientes para expresar con detalle lo que siento por ti.
Me gustaría empezar por el principio, pero el alcohol de aquella noche nubla todos mis recuerdos y supongo que los tuyos también lo están. Esa noche, más bien la mañana siguiente, comenzamos a actuar como niños, empezamos un juego en el que desde un principio se sabía que uno acabaría malparado. Un abrazo que no se debe dar, un beso que se escapa, que no significa nada, que simplemente gusta. Varios gestos de cariño escondidos detrás de dos sonrisas complacidas por el buen discurrir de la noche, pero al fin y al cabo gestos vacíos, que no deberían decir nada, ni tan siquiera existir. Ahí, jugando con los dobles sentidos, comenzamos nuestro calvario.
No tardamos mucho en volver a coincidir, y en cada una de las ocasiones acabamos en mi sofá, que pronto se convirtió en un punto de encuentro, nuestro pequeño mundo que conocíamos como la palma de nuestras manos. Ahí, en esas largas noches, tapados con la suave manta, los besos de la primera se convirtieron en tiernos abrazos que se acababan por fundir en un dulce y apacible sueño. Y cada mañana, el mismo juego de niños en el cual los actos eran más importantes que las palabras y los verdaderos sentimientos. Recuerdo nuestro ritual, nuestros cuerpos desnudos, guiados por nuestras manos entrelazadas, se acercaban poco a poco, con precisión milimétrica hasta alcanzar un punto en el cual nuestra piel era una. En ese momento, en el profundo silencio de nuestras conversaciones, podía ver a través de tus ojos verdes lo más íntimo de tus pensamientos, y por momentos me asustaba y me estremecía.
Después de ser niños jugando a ser mayores, jugamos a ser adolescentes, y esos mensajes e “e-mails” nos alejaban de nuestra condición de adultos, arrastrándonos una vez más a los dobles sentidos de las palabras, un juego que dominaba y en el cual sabía cómo ganarte, entono el mea culpa. Nos dábamos lo que queríamos, cariño, comprensión, todo lo que buscábamos, pero estábamos jugando sin reglas, una vez más estábamos omitiendo lo más importante, nuestros verdaderos sentimientos. Los juegos de niños empezaban a convertirse en armas de doble filo si no los entendíamos de la forma correcta. Uno de los dos acabaría mal, porque el juego se puede mantener hasta que uno se lo cree, momento en el cual se convierte en una broma de mal gusto.
Fue entonces cuando me percaté de mi egoísmo, había estado jugando contigo, había usado las inexistentes reglas del juego, adaptándolas a mi conveniencia. Me sentía culpable y para resarcirme decidí por fin ser legal y sincero: nunca más mentiras ni dobles sentidos, me repetía. Tras una honesta charla explicándote lo que sentía, aceptaste las reglas y me sentí liberado, aceptaste mi juego con una preciosa sonrisa en tu boca. Lo encajaste con serenidad, habíamos dado un paso en el cual nos convertimos en adultos en un abrir y cerrar de ojos. Al mismo tiempo me sentí un poco estúpido, quizás en tu cabeza ya lo tenías claro y mi comportamiento, mi necesidad de explicar la situación no hacía más que mostrar que en el fondo yo seguía siendo un niño. Sin embargo, sólo el pensamiento de poder llamarlo sexo, aunque lo maquillásemos con tintes de amor, me hacía resurgir de mis cenizas morales, e incrédulo de mi, me lo creí. Una amplia sonrisa y un caminar erguido me acompañaron ese día, en el cual me sentí el rey del mundo.
Lo tenía todo, una chica guapa que quería disfrutar conmigo, un corazón libre y cayendo en temas más banales, dinero y “experiencia”, la cual me sugería que era un hombre afortunado en un mundo lleno de infelices y por cierto, plagado de tabúes. Y ahí fue cuando abrí la larga pausa que me lleva hasta hoy, una larga pausa en la cual fuimos felices.
Es cierto, fuimos felices, porque a pesar de saber que éramos mayores teníamos un maravilloso juego de niños, que traducido a palabras llanas, implica que jugábamos con pólvora mojada, sobran las metáforas. Fue entonces cuando llegó el fatídico día, algo esperado, pero que camuflamos durante largo y tendido con nuestro saber hacer y nuestra falsa madurez. Ese día no aguantaste más, tu mirada no era la de siempre, reflejaba una preocupación, un síntoma de que se nos acercaba el día, el mundo real. Asustado, temiéndome lo peor pregunté el porqué, vacilaste. Te lo pensaste e incluso me mentiste, diciéndome que no era nada, algo a lo que sabías que no replicaría porque no es mi estilo. Nunca fui de insistir. Pero con el discurrir de la noche te fuiste desmoronando, poco a poco, lo que era un rostro serio se fue desencajando, mostrando preocupación. Evidentemente no era la noche para jugar y pronto confesaste tus verdaderos sentimientos, me dijiste que no estábamos jugando, que tus miradas se correspondían con tu corazón. Te costó Dios y ayuda el reconocerlo, pero lo hiciste, relegaste tu ego a un segundo plano, me miraste igual de cerca que las últimas veces pero esta vez te sinceraste. Solo que en vez de besarme, me miraste. Yo te besé.
Con ese beso lo único que pretendía era callarte, buscaba un silencio que me llevase de nuevo al maravilloso mundo que se desmoronaba delante de mi. Las reglas estaban cambiando y no quería aceptarlas, simplemente no quería, pero no podía hacer nada. Y cuando tus primeras lágrimas brotaron sabía que todo aquello se había acabado, pero el tiempo durante el cual fuimos felices no se podía olvidar en un abrir y cerrar de ojos y el cariño que te tenía, que te tengo, se convirtió en un abrazo sincero. Quizás fue el primer abrazo sincero que te ofrecí, un abrazo que pretendía apaciguar tu desolación, pero no era más que un abrazo de un amigo, algo que tú no necesitabas. No sabía que decir, porque realmente me gustaba estar contigo, no quería perderte, pero sabía que en mi interior no tenía encendida la llamita que tú tenías y que te estaba quemando en una lenta tortura. Ante mis dudas y mis excusas me pediste por favor que no cambiase nada, que simplemente tenías que decirlo pero no pretendías ningún cambio. Y caí en el error de aceptar tus reglas con un sí temeroso. El tablero de juego se había convertido de nuevo en un terreno peligroso, arenas movedizas donde ambos jugábamos al mismo juego pero con diferentes reglas.
Ese día te fuiste pronto y cuando te despedí me preguntaste de nuevo si tus palabras habían cambiado algo. No vacilé, dije que no, aunque sabía que tú querías escuchar un sí y recibir un beso a cambio. Sé que te hice daño, lo sé, pero trataba de pelear por recuperar mi mundo maravilloso aunque para ello tuviese que arrastrarte y mostrarte mis reglas de un modo poco elegante, egoísta. No estaba en condiciones de negociar nuevas reglas, no me interesaba, lo que quería era obviar ese día, eliminarlo de mi memoria simplemente para sentirme mejor y volver un día atrás, volver a lo que teníamos y ser feliz. Era cruel por mi parte, no quería perderte, quería cambiar tu forma de pensar a mi conveniencia. Injusto, cruel.
Y ahora estoy aquí, escribiéndote, pidiéndote perdón por mis palabras, por mis actos egoístas, maldiciéndome, pero haciéndolo porque mi corazón precisa redención. Una vez más estoy siendo egoísta, pero esta vez no oculto la verdad, me muestro tal y como soy, con todos mis defectos y mis pocas virtudes. Me pregunto porque no te lo expliqué antes, esta verdad tan fácil de explicar pero tan dolorosa de oír. Simplemente te la oculté para prolongar mi superflua felicidad, aun a costa de que eso prolongase tu agonía. Me asusto de mi mismo, me doy miedo por ser así, egoísta y egocéntrico, pensando tan sólo en mi salud emocional, obviando las cosas importantes que podrían afectarte, a pesar de ser mi compañía durante mucho tiempo. No debería odiarme, debería maldecirme, no debiera pedirte perdón por mis actos, ni cumplir penitencia, no encuentro castigo adecuado, porque lo que te he hecho, lo he sufrido en mis carnes, y conozco lo profundo de ese dolor. Ahora tan sólo deseo que me olvides, lo antes posible, que no te quedes con ningún recuerdo, y que vuelvas a sonreír cuanto antes.
No me perdones, ódiame con todas tus fuerzas.
Nunca pensé que esto fuese tan difícil, y nunca pensé que pudiese empezar tan mal. Estimada, querida, etc… multitud de posibilidades, pero ninguna apropiada. Si fuese lo suficientemente valiente como para mirarte fijamente a los ojos, podrías interpretar el encabezamiento correcto, pero en este caso me parece que no hay palabras suficientes para expresar con detalle lo que siento por ti.
Me gustaría empezar por el principio, pero el alcohol de aquella noche nubla todos mis recuerdos y supongo que los tuyos también lo están. Esa noche, más bien la mañana siguiente, comenzamos a actuar como niños, empezamos un juego en el que desde un principio se sabía que uno acabaría malparado. Un abrazo que no se debe dar, un beso que se escapa, que no significa nada, que simplemente gusta. Varios gestos de cariño escondidos detrás de dos sonrisas complacidas por el buen discurrir de la noche, pero al fin y al cabo gestos vacíos, que no deberían decir nada, ni tan siquiera existir. Ahí, jugando con los dobles sentidos, comenzamos nuestro calvario.
No tardamos mucho en volver a coincidir, y en cada una de las ocasiones acabamos en mi sofá, que pronto se convirtió en un punto de encuentro, nuestro pequeño mundo que conocíamos como la palma de nuestras manos. Ahí, en esas largas noches, tapados con la suave manta, los besos de la primera se convirtieron en tiernos abrazos que se acababan por fundir en un dulce y apacible sueño. Y cada mañana, el mismo juego de niños en el cual los actos eran más importantes que las palabras y los verdaderos sentimientos. Recuerdo nuestro ritual, nuestros cuerpos desnudos, guiados por nuestras manos entrelazadas, se acercaban poco a poco, con precisión milimétrica hasta alcanzar un punto en el cual nuestra piel era una. En ese momento, en el profundo silencio de nuestras conversaciones, podía ver a través de tus ojos verdes lo más íntimo de tus pensamientos, y por momentos me asustaba y me estremecía.
Después de ser niños jugando a ser mayores, jugamos a ser adolescentes, y esos mensajes e “e-mails” nos alejaban de nuestra condición de adultos, arrastrándonos una vez más a los dobles sentidos de las palabras, un juego que dominaba y en el cual sabía cómo ganarte, entono el mea culpa. Nos dábamos lo que queríamos, cariño, comprensión, todo lo que buscábamos, pero estábamos jugando sin reglas, una vez más estábamos omitiendo lo más importante, nuestros verdaderos sentimientos. Los juegos de niños empezaban a convertirse en armas de doble filo si no los entendíamos de la forma correcta. Uno de los dos acabaría mal, porque el juego se puede mantener hasta que uno se lo cree, momento en el cual se convierte en una broma de mal gusto.
Fue entonces cuando me percaté de mi egoísmo, había estado jugando contigo, había usado las inexistentes reglas del juego, adaptándolas a mi conveniencia. Me sentía culpable y para resarcirme decidí por fin ser legal y sincero: nunca más mentiras ni dobles sentidos, me repetía. Tras una honesta charla explicándote lo que sentía, aceptaste las reglas y me sentí liberado, aceptaste mi juego con una preciosa sonrisa en tu boca. Lo encajaste con serenidad, habíamos dado un paso en el cual nos convertimos en adultos en un abrir y cerrar de ojos. Al mismo tiempo me sentí un poco estúpido, quizás en tu cabeza ya lo tenías claro y mi comportamiento, mi necesidad de explicar la situación no hacía más que mostrar que en el fondo yo seguía siendo un niño. Sin embargo, sólo el pensamiento de poder llamarlo sexo, aunque lo maquillásemos con tintes de amor, me hacía resurgir de mis cenizas morales, e incrédulo de mi, me lo creí. Una amplia sonrisa y un caminar erguido me acompañaron ese día, en el cual me sentí el rey del mundo.
Lo tenía todo, una chica guapa que quería disfrutar conmigo, un corazón libre y cayendo en temas más banales, dinero y “experiencia”, la cual me sugería que era un hombre afortunado en un mundo lleno de infelices y por cierto, plagado de tabúes. Y ahí fue cuando abrí la larga pausa que me lleva hasta hoy, una larga pausa en la cual fuimos felices.
Es cierto, fuimos felices, porque a pesar de saber que éramos mayores teníamos un maravilloso juego de niños, que traducido a palabras llanas, implica que jugábamos con pólvora mojada, sobran las metáforas. Fue entonces cuando llegó el fatídico día, algo esperado, pero que camuflamos durante largo y tendido con nuestro saber hacer y nuestra falsa madurez. Ese día no aguantaste más, tu mirada no era la de siempre, reflejaba una preocupación, un síntoma de que se nos acercaba el día, el mundo real. Asustado, temiéndome lo peor pregunté el porqué, vacilaste. Te lo pensaste e incluso me mentiste, diciéndome que no era nada, algo a lo que sabías que no replicaría porque no es mi estilo. Nunca fui de insistir. Pero con el discurrir de la noche te fuiste desmoronando, poco a poco, lo que era un rostro serio se fue desencajando, mostrando preocupación. Evidentemente no era la noche para jugar y pronto confesaste tus verdaderos sentimientos, me dijiste que no estábamos jugando, que tus miradas se correspondían con tu corazón. Te costó Dios y ayuda el reconocerlo, pero lo hiciste, relegaste tu ego a un segundo plano, me miraste igual de cerca que las últimas veces pero esta vez te sinceraste. Solo que en vez de besarme, me miraste. Yo te besé.
Con ese beso lo único que pretendía era callarte, buscaba un silencio que me llevase de nuevo al maravilloso mundo que se desmoronaba delante de mi. Las reglas estaban cambiando y no quería aceptarlas, simplemente no quería, pero no podía hacer nada. Y cuando tus primeras lágrimas brotaron sabía que todo aquello se había acabado, pero el tiempo durante el cual fuimos felices no se podía olvidar en un abrir y cerrar de ojos y el cariño que te tenía, que te tengo, se convirtió en un abrazo sincero. Quizás fue el primer abrazo sincero que te ofrecí, un abrazo que pretendía apaciguar tu desolación, pero no era más que un abrazo de un amigo, algo que tú no necesitabas. No sabía que decir, porque realmente me gustaba estar contigo, no quería perderte, pero sabía que en mi interior no tenía encendida la llamita que tú tenías y que te estaba quemando en una lenta tortura. Ante mis dudas y mis excusas me pediste por favor que no cambiase nada, que simplemente tenías que decirlo pero no pretendías ningún cambio. Y caí en el error de aceptar tus reglas con un sí temeroso. El tablero de juego se había convertido de nuevo en un terreno peligroso, arenas movedizas donde ambos jugábamos al mismo juego pero con diferentes reglas.
Ese día te fuiste pronto y cuando te despedí me preguntaste de nuevo si tus palabras habían cambiado algo. No vacilé, dije que no, aunque sabía que tú querías escuchar un sí y recibir un beso a cambio. Sé que te hice daño, lo sé, pero trataba de pelear por recuperar mi mundo maravilloso aunque para ello tuviese que arrastrarte y mostrarte mis reglas de un modo poco elegante, egoísta. No estaba en condiciones de negociar nuevas reglas, no me interesaba, lo que quería era obviar ese día, eliminarlo de mi memoria simplemente para sentirme mejor y volver un día atrás, volver a lo que teníamos y ser feliz. Era cruel por mi parte, no quería perderte, quería cambiar tu forma de pensar a mi conveniencia. Injusto, cruel.
Y ahora estoy aquí, escribiéndote, pidiéndote perdón por mis palabras, por mis actos egoístas, maldiciéndome, pero haciéndolo porque mi corazón precisa redención. Una vez más estoy siendo egoísta, pero esta vez no oculto la verdad, me muestro tal y como soy, con todos mis defectos y mis pocas virtudes. Me pregunto porque no te lo expliqué antes, esta verdad tan fácil de explicar pero tan dolorosa de oír. Simplemente te la oculté para prolongar mi superflua felicidad, aun a costa de que eso prolongase tu agonía. Me asusto de mi mismo, me doy miedo por ser así, egoísta y egocéntrico, pensando tan sólo en mi salud emocional, obviando las cosas importantes que podrían afectarte, a pesar de ser mi compañía durante mucho tiempo. No debería odiarme, debería maldecirme, no debiera pedirte perdón por mis actos, ni cumplir penitencia, no encuentro castigo adecuado, porque lo que te he hecho, lo he sufrido en mis carnes, y conozco lo profundo de ese dolor. Ahora tan sólo deseo que me olvides, lo antes posible, que no te quedes con ningún recuerdo, y que vuelvas a sonreír cuanto antes.
No me perdones, ódiame con todas tus fuerzas.
Friday, September 25, 2009
Otra tarde de domingo
Otra tarde de domingo en la cual las parejas paseaban tranquilamente por aquel parque, algunas lo hacían con sus pequeños, los cuales correteaban torpemente tropezándose con imaginarios obstáculos o asustándose cuando algún perro curioso acercaba su hocico de más. Otra típica tarde de domingo en la cual caminaba solo, pensativo, tratando de matar el tiempo mientras exploraba a mis congéneres. Los parques proporcionan el escenario ideal para este menester pues además de ser el lugar predilecto de padres y polluelos, lo es también de parejas de enamorados y de deportistas que rebosan vitalidad. Pero al mismo tiempo, y lo más intrigante, ese escenario de felicidad es compartido por otros personajes que ocupan el otro extremo de la escala, aquellos que se sientan en el banco más discreto, alejándose del bullicio de retoños y mascotas. Individuos solitarios que pasean con ritmo cansino y errante, mirada cabizbaja y ocultando detrás de su pensativa mirada alguna historia bucólica, generalmente una de desamor.
Esas son las historias que me apasionan, las que me llenan de curiosidad, por las cuales paseo en estos lugares tan contradictorios. Siempre me pregunto el porqué de su tristeza, el motivo de su soledad, interrogantes que nunca me atrevo a resolver, así que tan sólo me imagino las respuestas. En más de una ocasión me gustaría acercarme y entablar una conversación, charlar sobre sus inquietudes o simplemente compartir sus penas, no por compasión, simplemente por sentir el dolor ajeno. Quizás el contrapunto necesario para no sentirme tan humillado en mis paseos dominicales.
Esas son las historias que me apasionan, las que me llenan de curiosidad, por las cuales paseo en estos lugares tan contradictorios. Siempre me pregunto el porqué de su tristeza, el motivo de su soledad, interrogantes que nunca me atrevo a resolver, así que tan sólo me imagino las respuestas. En más de una ocasión me gustaría acercarme y entablar una conversación, charlar sobre sus inquietudes o simplemente compartir sus penas, no por compasión, simplemente por sentir el dolor ajeno. Quizás el contrapunto necesario para no sentirme tan humillado en mis paseos dominicales.
Saturday, September 12, 2009
Hombre de acero
Su papel era el protector de la familia y así lo parecía si atendíamos a sus fuertes brazos y rudas manos curtidas en mil batallas. Su aspecto atroz podría asustar a la más fiera de las bestias y su severa mirada no dejaba un poso precisamente indiferente. Pero a mi ya no me asustaba, con el paso del tiempo había aprendido a aguantar su mirada y desde hacía tiempo lo había entendido todo, bastaba ser franco y mostrarle respeto para que te devolviese un gesto de afecto y cariño. Ahora lo miraba con amor, pero con el respeto necesario para que no se sintiese ofendido por sentimientos afectuosos, los cuales podrían dañar su ego de hombre de acero y sin sentimientos. Aquella noche el protector saboreaba exquisitos y exóticos manjares mostrando indiferencia, en silencio, con la mirada perdida en las imágenes navideñas que emitía aquel pequeño televisor. Probé por curiosidad si la cena no cumplía sus expectativas, pero todo estaba delicioso, por lo que era evidente que el problema yacía mucho más adentro, inhibiendo su sentido del gusto, sumiéndolo en pensamientos que lo aislaban del mundo.
El guardián había fracasado, era muy consciente de ello y eso lo torturaba, lo mataba poco a poco y lo hacía sentir impotente porque sabía a ciencia cierta que no había modo de enmendar aquella situación, de ¿corregir sus errores? No creo que tuviese errores de bulto, o al menos no más errores que cualquier otro ser humano que ama y gusta de ser amado. Sus actos siempre obedecieron a su corazón y a su mejor criterio, que por supuesto no tiene porque ser universal, si bien pongo la mano en el fuego que eran puros y con el único fin que regía su existencia, amar a su familia y mantenerla unida. Y aunque las comparaciones son odiosas y en la siguiente tan sólo se debe atender al fin y no a los medios, se puede decir que si fuese italiano sería un gran padrino, para el cual la familia es la única razón de ser.
Sin embargo el programa navideño en aquella Nochebuena seguía castigándolo, precisamente en uno de los días en los que más pesaba su fracaso. No era difícil apreciar en sus ojos un viaje retrospectivo por otras Navidades, otras épocas, memorias de tiempos pasados que por supuesto eran mejores. Ahora, con su rostro marcado por las arrugas del paso del tiempo se sentía débil y vulnerable, el viejo protector no encontraba las fuerzas necesarias para esbozar una sonrisa. Sin embargo le quedaban resquicios de su valentía y cuando sintió que la primera lágrima podría aflorar se levantó y tras un abrazo se despidió. En la soledad de su cuarto, con la complicidad de su cama, podría encontrar la paz para reencontrarse consigo mismo, un santuario en el cual podría expresar sus emociones libremente sin miedo a ser observado y perder su condición de hombre de acero. Pero su expresiva mirada no podía engañar a nadie y por eso lo amábamos.
El guardián había fracasado, era muy consciente de ello y eso lo torturaba, lo mataba poco a poco y lo hacía sentir impotente porque sabía a ciencia cierta que no había modo de enmendar aquella situación, de ¿corregir sus errores? No creo que tuviese errores de bulto, o al menos no más errores que cualquier otro ser humano que ama y gusta de ser amado. Sus actos siempre obedecieron a su corazón y a su mejor criterio, que por supuesto no tiene porque ser universal, si bien pongo la mano en el fuego que eran puros y con el único fin que regía su existencia, amar a su familia y mantenerla unida. Y aunque las comparaciones son odiosas y en la siguiente tan sólo se debe atender al fin y no a los medios, se puede decir que si fuese italiano sería un gran padrino, para el cual la familia es la única razón de ser.
Sin embargo el programa navideño en aquella Nochebuena seguía castigándolo, precisamente en uno de los días en los que más pesaba su fracaso. No era difícil apreciar en sus ojos un viaje retrospectivo por otras Navidades, otras épocas, memorias de tiempos pasados que por supuesto eran mejores. Ahora, con su rostro marcado por las arrugas del paso del tiempo se sentía débil y vulnerable, el viejo protector no encontraba las fuerzas necesarias para esbozar una sonrisa. Sin embargo le quedaban resquicios de su valentía y cuando sintió que la primera lágrima podría aflorar se levantó y tras un abrazo se despidió. En la soledad de su cuarto, con la complicidad de su cama, podría encontrar la paz para reencontrarse consigo mismo, un santuario en el cual podría expresar sus emociones libremente sin miedo a ser observado y perder su condición de hombre de acero. Pero su expresiva mirada no podía engañar a nadie y por eso lo amábamos.
Saturday, September 5, 2009
Siempre igual
El día comenzó con la resaca de la noche anterior, unos cafés y la promesa de no beber jamás, o bueno, al menos moderar nuestros salvajes hábitos. Uno de tantos días. Comida sana para reafirmar nuestros votos, agua para calmar nuestros sedientos y deshidratados cuerpos y risas recordando las anécdotas de la noche anterior. Al cabo de unas horas, sin ningún plan en mente, sin ningún objetivo que cumplir nos sentamos en aquel bar dispuestos a traicionar nuestras promesas. Voluntad de acero lo llaman. Tras vacilar durante unos instantes nos decidimos por un trago de güisqui que fue seguido por unas cervezas. Mike tocaba la guitarra apasionadamente, se sumergía en su mundo, en sus sueños más profundos al ritmo que acariciaba su mejor amiga. Notas desgarradoras por las que también me dejaba cautivar, viajando a tiempos pasados que añoraba y de los cuales tan sólo me quedaban memorias y tristemente, tu ira.
Mientras contemplaba ensimismado la habilidad de Mike con los acordes, recordaba nuestras tristes pero a la vez esperanzadoras conversaciones vagabundeando por las calles de aquel pueblo. Charlas sobre las canciones que nos recordaban a aquellas chicas tan especiales que nos habían marcado, donde por supuesto no faltabas tú. Sin embargo tampoco faltaban apasionantes proyectos de futuro, aunque no dejaba de preguntarme si esos proyectos que Mike y yo defendíamos a capa y espada tenían una base sólida o por el contrario eran simplemente antidepresivos de saldo. Iban cayendo las cervezas y cada trago iba acompañado por un “cheers” y una mirada sincera que reflejaba nuestras inquietudes comunes. Dos perros viejos sin hogar que mataban las horas ahogando sus penas, a sabiendas que fuera no había nadie que los esperase. Pero al menos aquella tarde no estábamos solos, aquella vieja guitarra alimentaba la ilusión de dos soñadores.
Mientras contemplaba ensimismado la habilidad de Mike con los acordes, recordaba nuestras tristes pero a la vez esperanzadoras conversaciones vagabundeando por las calles de aquel pueblo. Charlas sobre las canciones que nos recordaban a aquellas chicas tan especiales que nos habían marcado, donde por supuesto no faltabas tú. Sin embargo tampoco faltaban apasionantes proyectos de futuro, aunque no dejaba de preguntarme si esos proyectos que Mike y yo defendíamos a capa y espada tenían una base sólida o por el contrario eran simplemente antidepresivos de saldo. Iban cayendo las cervezas y cada trago iba acompañado por un “cheers” y una mirada sincera que reflejaba nuestras inquietudes comunes. Dos perros viejos sin hogar que mataban las horas ahogando sus penas, a sabiendas que fuera no había nadie que los esperase. Pero al menos aquella tarde no estábamos solos, aquella vieja guitarra alimentaba la ilusión de dos soñadores.
Sunday, August 30, 2009
Despertar
Se había dado cuenta de la verdad, había aceptado sus miserias y necesidades, pero el camino no había sido fácil. Todo había pasado muy deprisa y cegado por la intensidad a la que transcurrían los acontecimientos había llegado a pensar que se encontraba en las puertas del infierno cuando realmente estaba lidiando con los preceptos básicos del ser humano. En su resignación no paraba de psicoanalizar aquella sociedad y aunque enojado con sus principios no podía evitar sentirse parte de ella. Siempre se había descrito como alguien independiente, capaz de enfrentarse a toda clase de problemas y no solo eso, sino que siempre se había creído victorioso. Ahora analizaba su pasado, sus problemas y modus operandi que tristemente reflejaban la actitud de un ser naif que se engañaba a si mismo construyendo una máscara sonriente que lo protegía de la tiranía de la sociedad.
En el fondo suponía que su actitud no era nada extraña, todo lo contrario, sin embargo lo difícil era aceptar esa máscara y no todo el mundo estaba preparado para ello, prefiriendo el refugio de su falso mundo, alejándose así de los problemas mundanos. Pero algo había cambiado, se podría decir que había madurado o más bien despertado. Es por ello que aquella noche también tenía motivos para beber, tenía que celebrar que había despertado de su pesadilla, que la música no traía recuerdos de un pasado amargo, que la lluvia no empapaba sino que refrescaba, la noche era cálida y no una fría cárcel, no había ansiedad, ni mucho menos angustia. Demasiados sentimientos entorno a un amor imposible que ahora analizaba desde otra perspectiva, la de una tercera persona que observaba pero que no se involucraba. Un profundo cambio que en el fondo tan sólo implicaba el cambio de unos cuantos tiempos verbales y pronombres. Esa simple reflexión, una reducción al absurdo de su/mi vida que lo/me hizo sonreír y tras cerrar los ojos, Morfeo lo/me acogió en un mundo onírico en el que ya no tenías lugar.
En el fondo suponía que su actitud no era nada extraña, todo lo contrario, sin embargo lo difícil era aceptar esa máscara y no todo el mundo estaba preparado para ello, prefiriendo el refugio de su falso mundo, alejándose así de los problemas mundanos. Pero algo había cambiado, se podría decir que había madurado o más bien despertado. Es por ello que aquella noche también tenía motivos para beber, tenía que celebrar que había despertado de su pesadilla, que la música no traía recuerdos de un pasado amargo, que la lluvia no empapaba sino que refrescaba, la noche era cálida y no una fría cárcel, no había ansiedad, ni mucho menos angustia. Demasiados sentimientos entorno a un amor imposible que ahora analizaba desde otra perspectiva, la de una tercera persona que observaba pero que no se involucraba. Un profundo cambio que en el fondo tan sólo implicaba el cambio de unos cuantos tiempos verbales y pronombres. Esa simple reflexión, una reducción al absurdo de su/mi vida que lo/me hizo sonreír y tras cerrar los ojos, Morfeo lo/me acogió en un mundo onírico en el que ya no tenías lugar.
Sunday, August 23, 2009
Una noche de verano
La jornada se había acabado y la cena me esperaba en la mesa de la cocina. Una lata de mejillones en escabeche y un trozo de pan, todo ello regado con un vino tinto que ya picaba algo. La televisión era nueva, los tiempos cambiaban y ahora para poder ver el fútbol y un par de programas de la gallega1 hacía falta un nuevo aparato que difícilmente llegaba a comprender. El Real Madrid jugaba un amistoso de verano, y claro, había que ver al Ronaldo2 ese, que para eso se había pagado una fortuna por él, la misma que había pagado por aquel televisor de quince pulgadas, los ahorros de todo un año. Al menos tendría un par de horas de diversión pero en un abrir y cerrar de ojos el árbitro pitó el final del partido. La noche había comenzado.
Me dispuse a acabar la jornada de quehaceres y encerré a las gallinas en el corral, algo que siempre hacías tú seguida de cerca por Patrás, ese palleiro3 que no se separaba de tus faldas. De vuelta a casa y sin sueño para meterme en la cama me senté en las escaleras de piedra que miraban al valle, era una noche estrellada y me preguntaba en cual de ellas estarías. El verano había llegado y el calor mantenía despiertos a los grillos que cantaban sin cesar en el prado. Mis gruesas y torpes manos marcadas por una vida de duro trabajo liaron un fino pitillo que prolongó mi pensativa estancia en aquellas escaleras. Contemplaba nuestros campos, por los que tanto habíamos luchado y que ahora se mustiaban faltos de tu cariño. Apreté mis puños con fuerza, de rabia, porque sabía que tú podrías haber cuidado de ellos mucho mejor que yo.
Patrás se acercó y tras mirarme con sus tristes ojos dio dos vueltas sobre si mismo y se echó a mis pies con su cabeza apoyada en una de sus patas. Unos golpecitos a modo de caricia en su lomo hicieron que se levantase y me mirase. Una mirada cómplice con mi can que acabó con su lengua empapando la palma de mi mano. Sonreí porque al fin y al cabo no estaba tan solo.
1Nombre común para hablar de la Televisión de Galicia.
2Cristiano Ronaldo, creo que esta referencia no hace falta, al igual que Real Madrid.
3Es como se conoce en Galicia a los perros mezcla de miles de razas. Cero pedigree.
Me dispuse a acabar la jornada de quehaceres y encerré a las gallinas en el corral, algo que siempre hacías tú seguida de cerca por Patrás, ese palleiro3 que no se separaba de tus faldas. De vuelta a casa y sin sueño para meterme en la cama me senté en las escaleras de piedra que miraban al valle, era una noche estrellada y me preguntaba en cual de ellas estarías. El verano había llegado y el calor mantenía despiertos a los grillos que cantaban sin cesar en el prado. Mis gruesas y torpes manos marcadas por una vida de duro trabajo liaron un fino pitillo que prolongó mi pensativa estancia en aquellas escaleras. Contemplaba nuestros campos, por los que tanto habíamos luchado y que ahora se mustiaban faltos de tu cariño. Apreté mis puños con fuerza, de rabia, porque sabía que tú podrías haber cuidado de ellos mucho mejor que yo.
Patrás se acercó y tras mirarme con sus tristes ojos dio dos vueltas sobre si mismo y se echó a mis pies con su cabeza apoyada en una de sus patas. Unos golpecitos a modo de caricia en su lomo hicieron que se levantase y me mirase. Una mirada cómplice con mi can que acabó con su lengua empapando la palma de mi mano. Sonreí porque al fin y al cabo no estaba tan solo.
1Nombre común para hablar de la Televisión de Galicia.
2Cristiano Ronaldo, creo que esta referencia no hace falta, al igual que Real Madrid.
3Es como se conoce en Galicia a los perros mezcla de miles de razas. Cero pedigree.
Monday, August 10, 2009
Misterio
Desde hacía algún tiempo tus sonrisas e insinuaciones no pasaban desapercibidas para mi y supongo que para nadie, convirtiendo tus pícaras miradas en un juego más que arriesgado. De vez en cuando dejaba volar mi imaginación preguntándome que pasaría si... pero pronto recuperaba la cordura poniendo tierra de por medio y mirando hacia otra parte. Algo que debía molestar a tu ego pues por cada mirada que no te correspondía me devolvías tres o cuatro mucho más peligrosas. Te veía como una chica traviesa atrapada en una feliz relación, eras feliz, por supuesto, eso me decían todos y sobre todo me lo decían tus ojos cuando mientras charlábamos sobre tu novio tu mirada se volvía cristalina, fiel reflejo de tu corazón. Pero bastaba un pestañeo para borrar esa expresión de amor, devolviendo la niña traviesa al campo de batalla donde te movías como pez en el agua en busca de enigmáticos misterios. Nunca tuvimos muchas oportunidades de charlar a solas y mucho menos en esas situaciones límite en las que solo valen órdagos. Pero aquella noche fue diferente y el diablo se puso de nuestra parte.
Nada premeditado, una cena con unos amigos y unas cervezas nos pusieron contra la espada y la pared, y ambos, tras un cómplice cruce de miradas, decidimos afrontar la suerte de la espada, desafiando todas las normas del sentido común. Al cabo de un par de horas nuestros cuerpos desnudos recuperaban la respiración mientras que por nuestras cabezas corrían atropellados sentimientos de todo tipo. Mi imaginación comenzó a volar de nuevo sobre aquellos interrogantes, pero esta vez con argumentos tangibles. En un afán por concentrarme y desenmarañar la trama, cerré mis ojos, preguntándome que pasaría si… y si… y si… condicionantes que se encadenaban formando un imposible, un rompecabezas irresoluble en el cual faltaban muchas piezas. Tratando de buscar clarividencia abrí los ojos y me giré hacia ti, sin embargo me encontré con la viva imagen del miedo, del dolor y de la humillación. Habías traicionado a tu corazón por un vulgar y sucio instinto animal alimentado por tu ego y por dar vida a una efímera aventura que realmente tan sólo querías haber imaginado.
Apresurándome, te acerqué tu ropa que todavía conservaba la fresca fragancia del suavizante, algo que no impidió que te sintieses sucia una vez vestida. El rímel esbozaba al compás de tus lágrimas el significado de la palabra arrepentimiento, aunque ya era tarde y tan sólo quedaba lugar para la penitencia. Dicen que el que juega con fuego se acaba quemando, y tú te habías arrojado a las llamas del mismísimo infierno. Ahora, nuestro misterio se había desvelado y yo lo había entendido todo, había encontrado la pieza que completaba mi rompecabezas, y sin lugar a dudas, tú también o habías hecho. Un abrazo nos despidió aquella noche y jamás nos volvimos a mirar con los mismos ojos.
Nada premeditado, una cena con unos amigos y unas cervezas nos pusieron contra la espada y la pared, y ambos, tras un cómplice cruce de miradas, decidimos afrontar la suerte de la espada, desafiando todas las normas del sentido común. Al cabo de un par de horas nuestros cuerpos desnudos recuperaban la respiración mientras que por nuestras cabezas corrían atropellados sentimientos de todo tipo. Mi imaginación comenzó a volar de nuevo sobre aquellos interrogantes, pero esta vez con argumentos tangibles. En un afán por concentrarme y desenmarañar la trama, cerré mis ojos, preguntándome que pasaría si… y si… y si… condicionantes que se encadenaban formando un imposible, un rompecabezas irresoluble en el cual faltaban muchas piezas. Tratando de buscar clarividencia abrí los ojos y me giré hacia ti, sin embargo me encontré con la viva imagen del miedo, del dolor y de la humillación. Habías traicionado a tu corazón por un vulgar y sucio instinto animal alimentado por tu ego y por dar vida a una efímera aventura que realmente tan sólo querías haber imaginado.
Apresurándome, te acerqué tu ropa que todavía conservaba la fresca fragancia del suavizante, algo que no impidió que te sintieses sucia una vez vestida. El rímel esbozaba al compás de tus lágrimas el significado de la palabra arrepentimiento, aunque ya era tarde y tan sólo quedaba lugar para la penitencia. Dicen que el que juega con fuego se acaba quemando, y tú te habías arrojado a las llamas del mismísimo infierno. Ahora, nuestro misterio se había desvelado y yo lo había entendido todo, había encontrado la pieza que completaba mi rompecabezas, y sin lugar a dudas, tú también o habías hecho. Un abrazo nos despidió aquella noche y jamás nos volvimos a mirar con los mismos ojos.
Tuesday, August 4, 2009
La ciénaga just smiled
Una vez más, una de tantas, montar en un coche, encender la radio y ponerme a conducir no era tan solo cuestión de hacer kilómetros. Este era un nuevo compañero para rodar que sin embargo me recordaba a mi viejo amigo con el que tantas historias había compartido en el pasado. Se respiraba la misma fragancia, buena música que me aislaba del mundo sin importar el atasco ni las prisas, porque tiempo era lo que precisamente me sobraba. Todo comenzó con “La ciénaga just smiled”, Ryan Adams me estaba invitando a poner el asiento en posición cómoda. Bajé la cabeza buscando el mecanismo para reclinarme y cuando levanté la vista de nuevo los edificios se habían transformado en árboles y el asfalto en tierra. Sabía que eso iba a doler y que no tardarían en surgir de nuevo los fantasmas, pero no podía hacer nada, no podía luchar contra mis recuerdos y fantasías. Tampoco quería.
Las tonalidades de los árboles formaban un mosaico relajante que animaba a aparcar el coche y perderse durante un segundo infinito en el interior de los colores. Sin prisas ni objetivos decidí parar y gastar un poco más de mi vida mezclándome con mis recuerdos o más bien, con mis esperanzas. Era el momento ideal para bajar la ventanilla y respirar aire fresco que se llevase el nudo que se estaba formando en mi pecho. La frescor otoñal me incitó a cerrar los ojos y respirar profundamente, lentamente, sintiendo como el aire se introducía en mis pulmones, refrescándolos. Había algo en ese aire, algo mágico que me traía recuerdos de ti, recuerdos muy vivos, te podía sentir e incluso oler. No quería pensar en ti, la última vez que coincidimos pude leer en tu dulce mirada un simple “por favor, no sufras más, sabes que no puede ser”. Los fantasmas comenzaban a aflorar.
El otoño no era más que otra estación, si bien sabía que me llevaría a lo más crudo del invierno, aunque no era más que el tiempo necesario para que una nueva primavera me trajese nuevos sentimientos. Esperaba ese momento con verdadera devoción, me gustaría dormir hasta entonces, invernar, dejar pasar el tiempo y olvidarte. Arranqué de nuevo y subí el volumen hasta no escuchar ni mis propios gritos. La distorsión no favorecía a la música, pero estaba creando una cortina que me protegía. Una cortina de sonido acompañada por la soledad del paisaje que lograba hacerme olvidar mi condición de ser humano, mis sentimientos. Lucha.
Pero todo camino tiene su fin y aquella carretera terminaba allí. En la cima de aquel monte el atardecer amenazaba con frío y el astro rey, a pesar de su cálido color apenas si podía calentar mi piel. Mi incansable compañero era merecedor de un descanso y con su silencio se fue también la música. Vulnerable, al pie de aquel acantilado miré desafiante la Luna que poco a poco le ganaba la partida al Sol. Recogí algunas ramas muertas y las dispuse en un montoncito. Esperé pacientemente a que llegase la noche y cuando lo hizo, le prendí fuego, mi faro en la oscuridad. Me senté cerca del fuego, sabía que lo peor estaba por llegar. El frío iba penetrando en mis huesos y acabé acurrucado en el suelo, contemplando el baile de las llamas, escuchando el crepitar del fuego. El tiempo consumía mi faro que perdía poco a poco su intensidad, incrementando la sensación de frío. Y por fin, de entre las últimas llamas, apareciste. Sin pronunciar una palabra te acostaste entre el fuego y mi cuerpo, dándome la espalda, esperando a que te abrazase y protegiese, como tantas otras veces. Me acerqué a ti, tratando de darte el calor que ni yo mismo tenía y allí permanecí, abrazado a mi fantasma, abrazado a ti, escuchando el aullido de los lobos cada vez más cerca. Dolorosa esperanza.
PD: Es texto acaba con Come pick me up, Ryan Adams otra vez.
Las tonalidades de los árboles formaban un mosaico relajante que animaba a aparcar el coche y perderse durante un segundo infinito en el interior de los colores. Sin prisas ni objetivos decidí parar y gastar un poco más de mi vida mezclándome con mis recuerdos o más bien, con mis esperanzas. Era el momento ideal para bajar la ventanilla y respirar aire fresco que se llevase el nudo que se estaba formando en mi pecho. La frescor otoñal me incitó a cerrar los ojos y respirar profundamente, lentamente, sintiendo como el aire se introducía en mis pulmones, refrescándolos. Había algo en ese aire, algo mágico que me traía recuerdos de ti, recuerdos muy vivos, te podía sentir e incluso oler. No quería pensar en ti, la última vez que coincidimos pude leer en tu dulce mirada un simple “por favor, no sufras más, sabes que no puede ser”. Los fantasmas comenzaban a aflorar.
El otoño no era más que otra estación, si bien sabía que me llevaría a lo más crudo del invierno, aunque no era más que el tiempo necesario para que una nueva primavera me trajese nuevos sentimientos. Esperaba ese momento con verdadera devoción, me gustaría dormir hasta entonces, invernar, dejar pasar el tiempo y olvidarte. Arranqué de nuevo y subí el volumen hasta no escuchar ni mis propios gritos. La distorsión no favorecía a la música, pero estaba creando una cortina que me protegía. Una cortina de sonido acompañada por la soledad del paisaje que lograba hacerme olvidar mi condición de ser humano, mis sentimientos. Lucha.
Pero todo camino tiene su fin y aquella carretera terminaba allí. En la cima de aquel monte el atardecer amenazaba con frío y el astro rey, a pesar de su cálido color apenas si podía calentar mi piel. Mi incansable compañero era merecedor de un descanso y con su silencio se fue también la música. Vulnerable, al pie de aquel acantilado miré desafiante la Luna que poco a poco le ganaba la partida al Sol. Recogí algunas ramas muertas y las dispuse en un montoncito. Esperé pacientemente a que llegase la noche y cuando lo hizo, le prendí fuego, mi faro en la oscuridad. Me senté cerca del fuego, sabía que lo peor estaba por llegar. El frío iba penetrando en mis huesos y acabé acurrucado en el suelo, contemplando el baile de las llamas, escuchando el crepitar del fuego. El tiempo consumía mi faro que perdía poco a poco su intensidad, incrementando la sensación de frío. Y por fin, de entre las últimas llamas, apareciste. Sin pronunciar una palabra te acostaste entre el fuego y mi cuerpo, dándome la espalda, esperando a que te abrazase y protegiese, como tantas otras veces. Me acerqué a ti, tratando de darte el calor que ni yo mismo tenía y allí permanecí, abrazado a mi fantasma, abrazado a ti, escuchando el aullido de los lobos cada vez más cerca. Dolorosa esperanza.
PD: Es texto acaba con Come pick me up, Ryan Adams otra vez.
Wednesday, July 29, 2009
Una noche de lluvia
La lluvia no daba descanso en el silencio de la noche y el continuo crepitar de las gotas al impactar en el suelo empedrado de la ciudad creaba una atmósfera embriagadora que incitaba a sumergirse en su fiesta de ruido. Así que no lo dudé ni un segundo, sin vacilar salí del soportal en el que cobijaba y me puse a brincar de charco en charco, tratando de imitar a Gene Kelly, abrazándome a las farolas, que emitían quejidos metálicos al ser zarandeadas. La jovenzuela que corría por la calle embozada en su chaqueta me dedicó su mejor sonrisa cuando al percatarme de su presencia quedé paralizado cual estatua. Siempre me preguntaré que pensaría la muchacha al ver semejante escena.
Podía sentir como el bochorno del asfixiante día comenzaba a evadirse gracias al maná que caía del cielo, creando un gran colofón para aquella noche de verano. Alcé mi rostro, cerré los ojos y bajo la cálida luz de aquella farola esperé paciente que la lluvia me acariciase. Sin ninguna prisa me aislé de la realidad, y lo único que percibí fueron los sordos sonidos de las pesadas gotas al perder la perfección al estrellarse contra mi rostro. La refrescante lluvia galanteaba con las marcadas arrugas de mi rostro. Agradecido por su arriesgada apuesta, traté de seducirla con un sugerente movimiento de mis labios. Algunas de las gotas más atrevidas osaron a besarme lascivamente, rompiendo la romántica y tierna armonía de la noche. Perplejo por su atrevido comportamiento abrí mis ojos rápidamente, acto que debió enfadar a mi pretendiente, puesto que la siguiente gota tuvo como destino la pupila de mi ojo izquierdo.
Cuando recobré la visión, la lluvia había cesado y una vez más estaba solo en medio de la noche, no había ruidos ni mucho menos caricias, solo esa opresión en el pecho que me hacía sentir vivo. Resignado, cerré mis ojos, miré al suelo y pasé mi mano por la frente para alejar las últimas gotas que rezagadas, continuaban acariciándome. Tras unos segundos que me transportaron a la cruel realidad, abrí los ojos. En el charco pude ver como el reflejo de la luna se entremezclaba con el de mi rostro. Lamentablemente me trajo a la memoria aquellos buenos tiempos en los que acurrucados, la contemplábamos. Bastaron unos segundos para que una extraña y nueva gota alcanzase el espejo en el que la luna y yo nos reflejábamos. Sin embargo, esa gota fluyó desde mis ojos, distorsionando el espejo, mostrándome mi camino. Y sin vacilar, lancé una patada al charco y me alejé.
Caminé lo más rápido posible a mi hogar, más bien, a lo que quedaba de él. Mientras tanto, el charco recobró el equilibrio, mostrando una imagen nítida de la hermosa luna, que yacía triste en soledad. Nunca nos volvimos a encontrar, pero siempre nos amaremos.
Podía sentir como el bochorno del asfixiante día comenzaba a evadirse gracias al maná que caía del cielo, creando un gran colofón para aquella noche de verano. Alcé mi rostro, cerré los ojos y bajo la cálida luz de aquella farola esperé paciente que la lluvia me acariciase. Sin ninguna prisa me aislé de la realidad, y lo único que percibí fueron los sordos sonidos de las pesadas gotas al perder la perfección al estrellarse contra mi rostro. La refrescante lluvia galanteaba con las marcadas arrugas de mi rostro. Agradecido por su arriesgada apuesta, traté de seducirla con un sugerente movimiento de mis labios. Algunas de las gotas más atrevidas osaron a besarme lascivamente, rompiendo la romántica y tierna armonía de la noche. Perplejo por su atrevido comportamiento abrí mis ojos rápidamente, acto que debió enfadar a mi pretendiente, puesto que la siguiente gota tuvo como destino la pupila de mi ojo izquierdo.
Cuando recobré la visión, la lluvia había cesado y una vez más estaba solo en medio de la noche, no había ruidos ni mucho menos caricias, solo esa opresión en el pecho que me hacía sentir vivo. Resignado, cerré mis ojos, miré al suelo y pasé mi mano por la frente para alejar las últimas gotas que rezagadas, continuaban acariciándome. Tras unos segundos que me transportaron a la cruel realidad, abrí los ojos. En el charco pude ver como el reflejo de la luna se entremezclaba con el de mi rostro. Lamentablemente me trajo a la memoria aquellos buenos tiempos en los que acurrucados, la contemplábamos. Bastaron unos segundos para que una extraña y nueva gota alcanzase el espejo en el que la luna y yo nos reflejábamos. Sin embargo, esa gota fluyó desde mis ojos, distorsionando el espejo, mostrándome mi camino. Y sin vacilar, lancé una patada al charco y me alejé.
Caminé lo más rápido posible a mi hogar, más bien, a lo que quedaba de él. Mientras tanto, el charco recobró el equilibrio, mostrando una imagen nítida de la hermosa luna, que yacía triste en soledad. Nunca nos volvimos a encontrar, pero siempre nos amaremos.
Wednesday, July 22, 2009
Amor Eterno
Eran las dos de a madrugada cuando llegué a casa, cuya desoladora visión reflejaba perfectamente mi estado de ánimo. Como siempre, ninguna llamada en el contestador. Rebusqué detrás de todos aquellos trastos desordenados hasta encontrar algo con lo que mojar el gaznate. Al final, aquella botella de güisqui barato que robé de aquel bar de mala muerte se convertiría en el calor de la noche, los ánimos necesarios para llegar al mañana. El cigarro iluminaba la oscuridad, pero la tenebrosa realidad se apoderaba de cada uno de mis pensamientos. Tenía ganas de derramar una lágrima pero sabía que era demasiado fácil ocultar mi dolor detrás de unas tristes lágrimas que acabarían por olvidarse en el interior de la almohada. Tenía que encontrarme a mi mismo para alejar de mi tu imagen, tu sonrisa, tu mirada, la cual muy probablemente estarías ofreciendo en aquel momento a aquel tipo engominado, la misma mirada que afirmaste que sería solo para mi y que lo sería para toda la eternidad. Palabras.
Escuché las viejas cintas con las que solíamos disfrutar juntos pero tan solo podía pensar en el engominado y patético hombre que te estaría tocando en aquel preciso momento, unas manos sin tacto que estarían ultrajando lo que un día fue mi tesoro, mi reino, al cual me había entregado en cuerpo y alma. Era el final de nuestra historia, un divertido cortometraje para ti, un drama de triste final para mi. No podía dejar de pensar en tus palabras prometiendo el cielo y… el infierno. Mi mente viajaba a velocidad de vértigo, recuerdos, flashes, una confusión que me impedía detener la vertiginosa caída que me arrastraba por los profundos caminos del infierno. Aunque también sabía que desde aquellas profundidades recibí un día tu llamada, la de un ángel, pero sin saber que era la de uno que huía del paraíso, del amparo de Dios.
Un único pensamiento ocupaba mi tiempo, tristeza. Aunque también podría pensar en las cosas buenas que me aportaste, sentimientos humanos que nunca pude imaginar en mi, felicidad, sufrimiento, angustia, ansiedad, incertidumbre, dolor. Así pasaba las horas, pensando en ti, maldiciéndote y suplicándote que me devolvieses lo que me habías robado, rogándote piedad. Trataba de averiguar el motivo por el cual le diste alas al corazón que latía en mi interior, cogiéndolo con delicadez, y acariciándolo con cariño, para luego morderlo y desgarrarlo hasta asegurarte que su lenta agonía estaba servida. Después de mucho tiempo, con este corazón roto llorando tu ausencia, entre trago y trago, entre canción y canción, todavía trato de olvidarte, maldiciéndote y odiándote, pero tan sólo puedo decir que te quiero, como nunca y como siempre.
Escuché las viejas cintas con las que solíamos disfrutar juntos pero tan solo podía pensar en el engominado y patético hombre que te estaría tocando en aquel preciso momento, unas manos sin tacto que estarían ultrajando lo que un día fue mi tesoro, mi reino, al cual me había entregado en cuerpo y alma. Era el final de nuestra historia, un divertido cortometraje para ti, un drama de triste final para mi. No podía dejar de pensar en tus palabras prometiendo el cielo y… el infierno. Mi mente viajaba a velocidad de vértigo, recuerdos, flashes, una confusión que me impedía detener la vertiginosa caída que me arrastraba por los profundos caminos del infierno. Aunque también sabía que desde aquellas profundidades recibí un día tu llamada, la de un ángel, pero sin saber que era la de uno que huía del paraíso, del amparo de Dios.
Un único pensamiento ocupaba mi tiempo, tristeza. Aunque también podría pensar en las cosas buenas que me aportaste, sentimientos humanos que nunca pude imaginar en mi, felicidad, sufrimiento, angustia, ansiedad, incertidumbre, dolor. Así pasaba las horas, pensando en ti, maldiciéndote y suplicándote que me devolvieses lo que me habías robado, rogándote piedad. Trataba de averiguar el motivo por el cual le diste alas al corazón que latía en mi interior, cogiéndolo con delicadez, y acariciándolo con cariño, para luego morderlo y desgarrarlo hasta asegurarte que su lenta agonía estaba servida. Después de mucho tiempo, con este corazón roto llorando tu ausencia, entre trago y trago, entre canción y canción, todavía trato de olvidarte, maldiciéndote y odiándote, pero tan sólo puedo decir que te quiero, como nunca y como siempre.
Saturday, July 18, 2009
Física o Química
Había oído hablar de ti, no en vano compartíamos una de nuestras mejores amigas. Y quizás fue por ello que al cabo de cinco minutos estábamos charlando como si nos conociésemos de toda la vida y tras otros cinco sabíamos que entre nosotros había química, física, biología o algo, pero fuese lo que fuese, era muy intenso. No era capaz de adivinar el porqué de nuestra conexión pero la había y eso me bastaba. Tenías lo que le pedía a mi musa, a ese amor platónico que pretendía desde hacía tiempo, una preciosa sonrisa y una mirada pura, y cada vez que sonreías y me mirabas te hacía protagonista de mis sueños. Nos importaba muy poco lo que pasase a nuestro alrededor y ya podría estar cantando el mismísimo Jon Lennon que para nosotros era mucho más importante escuchar nuestras voces, en una noche que muy probablemente no se repetiría nunca.
Poco a poco nos fuimos desprendiendo de nuestros amigos, hasta que quedamos solos, y a sabiendas que el siguiente paso sería ilegal e inmoral decidimos cerrar todos los bares de la ciudad, alargando los límites de noche. La sombra de tu novio estaba muy presente pero nuestras miradas trataban de evitarla y para entonces solo faltaba formalizar el romance puesto que en nuestras mentes ya habíamos pecado. Pero todas las noches tienen un alba y esa no era una excepción. El último bar cerró y fuimos los últimos en dejarlo, asustados por saber que nuestro tiempo tocaba su fin. Como si se tratase de un viaje sin retorno al infierno con parada obligada en el purgatorio, paseamos lentamente hasta tu casa. Allí nos despedimos, pero desde aquel instante siempre tendrías un lugar en mis recuerdos, uno de los privilegiados. Química, física, biología o lo que fuese.
Poco a poco nos fuimos desprendiendo de nuestros amigos, hasta que quedamos solos, y a sabiendas que el siguiente paso sería ilegal e inmoral decidimos cerrar todos los bares de la ciudad, alargando los límites de noche. La sombra de tu novio estaba muy presente pero nuestras miradas trataban de evitarla y para entonces solo faltaba formalizar el romance puesto que en nuestras mentes ya habíamos pecado. Pero todas las noches tienen un alba y esa no era una excepción. El último bar cerró y fuimos los últimos en dejarlo, asustados por saber que nuestro tiempo tocaba su fin. Como si se tratase de un viaje sin retorno al infierno con parada obligada en el purgatorio, paseamos lentamente hasta tu casa. Allí nos despedimos, pero desde aquel instante siempre tendrías un lugar en mis recuerdos, uno de los privilegiados. Química, física, biología o lo que fuese.
Sunday, July 12, 2009
Mi Nevera
El ruido de mis tripas rompía el agradable silencio del salón, así que dejé a un lado a Jason Lutes y como cualquier persona normal me dirigí a la cocina, esquivando con mis pies descalzos los trastos que colonizaban el suelo. El primer vistazo a la nevera fue demoledor, dos cervezas en una gran caja de cartón color verde Keith´s, granadina y una lata de zumo de tomate se convertían en los tristes habitantes de aquel inhóspito territorio. El segundo intento no deparó una visión más alentadora, encontrándome dos cubiteras medio llenas, hoy estoy optimista, además de un par de bolsas de fruta congelada que aguardaban por la blanca compañera para convirtiese en deliciosos batidos. Con ambas puertas abiertas y con una lucecita que despertaba de un largo letargo como único testigo, permanecí durante unos largos segundos de brazos cruzados, escudriñando con la mirada los rincones de aquel triste electrodoméstico. Una sonrisa de resignación y un profundo suspiro acompañaron a un suave golpecito que cerró las puertas de aquel virgen territorio, dando su merecido descanso a aquella incansable lucecita. Al menos está limpia, pensé. Las dos alacenas que podrían contener algo interesante eran más fáciles de revisar, así que tras coger un puñado de uvas pasas me encogí de hombros y sonreí.
Mi cocina superaba cualquier umbral y lejos de parecerme patética me resultaba simpática. Esa noche no tenía ganas de llorar, también había superado el umbral en ese aspecto, así que cogí aquella olla, la llené de agua y preparé un delicioso arroz en blanco. Y nadie pudo evitar la complicidad con mis cacerolas mientras masticaba aquellos crudos granos de arroz.
Mi cocina superaba cualquier umbral y lejos de parecerme patética me resultaba simpática. Esa noche no tenía ganas de llorar, también había superado el umbral en ese aspecto, así que cogí aquella olla, la llené de agua y preparé un delicioso arroz en blanco. Y nadie pudo evitar la complicidad con mis cacerolas mientras masticaba aquellos crudos granos de arroz.
Wednesday, July 8, 2009
Amor a Primera Vista
Como siempre, tenía un sitio reservado que nadie se encargaba de guardar, quizás el azar o quizás el Dios que velaba constantemente por mi, pero de cualquier modo pude aparcar. Después de ponerme el abrigo y ajustar la bufanda dirigí mi mirada hacia el suelo, en un acto instintivo para refugiarme de la copiosa lluvia que estaba cayendo. Aun así, me dirigí con pasmosa tranquilidad hacia Tom´s, donde a pesar de la multitud quedaba un taburete vacío en la barra, un sitio reservado para mi que nadie se encargaba de guardar, casualidad o mi Dios, pero allí estaba.
La camarera me miró sonriendo, a lo que correspondí mientras asentía. Apenas tuve tiempo para sentarme cuando una fría cerveza me estaba esperando en la barra. Aquel horrible adorno floral robó mi atención y ensimismado en la poco ortodoxa combinación de colores acabé con la primera, comenzando pronto con la segunda. Buscaba soluciones en la barra de aquel bar y me maldecía porque estaba tratando de ocultar la realidad detrás de una borrachera, convenciéndome de que era una solución bastante digna, o por lo menos, aceptable. Pero cada cerveza incrementaba mi convicción, haciendo que los tragos fuesen más frecuentes y largos.
Recluido en mi mundo rebusqué en el bolso hasta que encontré unos folios pintarrajeados, como si alguien tratase de expresar sus últimas voluntades con letra moribunda e ilegible. Me puse a escribir en los huecos en blanco, descubriendo que mis trazos se parecían sospechosamente a aquellos garabatos indescifrables. Buscaba inspiración en aquellas cervezas, una luz que me guiase, pero la tenue luz de Tom´s no me permitía adivinar el camino a seguir. El resultado era frases inconexas, tachones y puntos suspensivos, que no eran más que un fiel reflejo de mi mente. A pesar de lo cual continuaba escribiendo más y más, tratando de acallar mis inquietudes.
Una pausa en la música, un largo paréntesis de segundos, suficiente para darme cuenta que el local estaba medio vacío y para aquel entonces la barra era mi dominio. Cuando de pronto alguien apareció de la nada, alguien con la mirada más triste que la mía, sin embargo una mirada contradictoria puesto que las arrugas de su rostro eran el resultado inequívoco de largas horas de felicidad. Empapada y desconsolada te sentaste a mi lado, casualidad o quizás mi Dios, pero de entre todos los taburetes elegiste precisamente aquel.
Mi timidez me obligó a esconderme de ti, refugiándome en mis folios, escribiendo una frase, tu frase. En ese momento, aunque te levantases y marchases, siempre quedarías marcada en mis garabatos. Te estaba analizando, preguntándome el porqué de tu tristeza, y aunque traté de ser discreto, en una de estas me cazaste acechándote. Sonreíste y me puse nervioso. Algo raro recorría mi cuerpo, necesitaba decirte algo, pero ni yo mismo sabía lo que, bueno, ni tampoco me atrevería. Quizás lo único que quería era hablarte y compartir nuestras copas, dejar de beber y emborracharme contigo, compartir nuestras historias y ese cigarro, aunque no pudiese cogerlo de un modo tan sensual como tu lo hacías. Sabía que no tenía nada que perder, absolutamente nada, hacía tiempo que lo había perdido todo, a pesar de lo cual el miedo se había apoderado de mi. Mis fantasmas.
El miedo me impedía hablar con una extraña, aunque por algún motivo pareciese que llevases toda la eternidad a mi lado. No era capaz de argumentar correctamente, todo iba demasiado rápido y necesitaba una respuesta o acabaría por volverme loco. Nervioso, me dispuse a ir al servicio y fue en ese preciso momento cuando aquel borracho tropezó al lado de tu silla, rozando tu chaqueta que irremediablemente cayó al suelo. La recogí y con un suave toquecito en tu hombro te avisé para que la recogieses. Me dedicaste otra sonrisa que precisamente no ayudó a desenredar la maraña de pensamientos que era mi cabeza. Pero nuestras miradas se habían cruzado, y aunque fuese por un ínfimo instante era algo más de lo que esperaba aquella noche.
Al volver del baño estabas de pie, poniéndote la chaqueta para salir, decidida a encontrarte con la fría lluvia. Avergonzado bajé la cabeza, te ibas y quedaría completamente solo en aquel bar, donde la música ya se había callado. Resignado, guardé mis manos en los bolsillos y avancé hacia la barra apenándome de mi, tratando de soportar el mundo que se había desplomado de repente sobre mis hombros. Desde hacía tiempo deseaba un hermoso final, una mano que mostrase esperanza e ilusión, sin embargo, el destino me lo negaba una y otra vez. A medida que me acercaba tu sonrisa crecía y tu mano se ofrecía en mi dirección. Temblorosamente acerqué la mía, la cogiste y un simple “no preguntes” brotó de tus labios.
Recuerdo esa noche cada vez que me despierto a tu lado y tu mano aun coge la mía. Sin lugar a dudas, aquel borracho bien podría ser mi Dios.
La camarera me miró sonriendo, a lo que correspondí mientras asentía. Apenas tuve tiempo para sentarme cuando una fría cerveza me estaba esperando en la barra. Aquel horrible adorno floral robó mi atención y ensimismado en la poco ortodoxa combinación de colores acabé con la primera, comenzando pronto con la segunda. Buscaba soluciones en la barra de aquel bar y me maldecía porque estaba tratando de ocultar la realidad detrás de una borrachera, convenciéndome de que era una solución bastante digna, o por lo menos, aceptable. Pero cada cerveza incrementaba mi convicción, haciendo que los tragos fuesen más frecuentes y largos.
Recluido en mi mundo rebusqué en el bolso hasta que encontré unos folios pintarrajeados, como si alguien tratase de expresar sus últimas voluntades con letra moribunda e ilegible. Me puse a escribir en los huecos en blanco, descubriendo que mis trazos se parecían sospechosamente a aquellos garabatos indescifrables. Buscaba inspiración en aquellas cervezas, una luz que me guiase, pero la tenue luz de Tom´s no me permitía adivinar el camino a seguir. El resultado era frases inconexas, tachones y puntos suspensivos, que no eran más que un fiel reflejo de mi mente. A pesar de lo cual continuaba escribiendo más y más, tratando de acallar mis inquietudes.
Una pausa en la música, un largo paréntesis de segundos, suficiente para darme cuenta que el local estaba medio vacío y para aquel entonces la barra era mi dominio. Cuando de pronto alguien apareció de la nada, alguien con la mirada más triste que la mía, sin embargo una mirada contradictoria puesto que las arrugas de su rostro eran el resultado inequívoco de largas horas de felicidad. Empapada y desconsolada te sentaste a mi lado, casualidad o quizás mi Dios, pero de entre todos los taburetes elegiste precisamente aquel.
Mi timidez me obligó a esconderme de ti, refugiándome en mis folios, escribiendo una frase, tu frase. En ese momento, aunque te levantases y marchases, siempre quedarías marcada en mis garabatos. Te estaba analizando, preguntándome el porqué de tu tristeza, y aunque traté de ser discreto, en una de estas me cazaste acechándote. Sonreíste y me puse nervioso. Algo raro recorría mi cuerpo, necesitaba decirte algo, pero ni yo mismo sabía lo que, bueno, ni tampoco me atrevería. Quizás lo único que quería era hablarte y compartir nuestras copas, dejar de beber y emborracharme contigo, compartir nuestras historias y ese cigarro, aunque no pudiese cogerlo de un modo tan sensual como tu lo hacías. Sabía que no tenía nada que perder, absolutamente nada, hacía tiempo que lo había perdido todo, a pesar de lo cual el miedo se había apoderado de mi. Mis fantasmas.
El miedo me impedía hablar con una extraña, aunque por algún motivo pareciese que llevases toda la eternidad a mi lado. No era capaz de argumentar correctamente, todo iba demasiado rápido y necesitaba una respuesta o acabaría por volverme loco. Nervioso, me dispuse a ir al servicio y fue en ese preciso momento cuando aquel borracho tropezó al lado de tu silla, rozando tu chaqueta que irremediablemente cayó al suelo. La recogí y con un suave toquecito en tu hombro te avisé para que la recogieses. Me dedicaste otra sonrisa que precisamente no ayudó a desenredar la maraña de pensamientos que era mi cabeza. Pero nuestras miradas se habían cruzado, y aunque fuese por un ínfimo instante era algo más de lo que esperaba aquella noche.
Al volver del baño estabas de pie, poniéndote la chaqueta para salir, decidida a encontrarte con la fría lluvia. Avergonzado bajé la cabeza, te ibas y quedaría completamente solo en aquel bar, donde la música ya se había callado. Resignado, guardé mis manos en los bolsillos y avancé hacia la barra apenándome de mi, tratando de soportar el mundo que se había desplomado de repente sobre mis hombros. Desde hacía tiempo deseaba un hermoso final, una mano que mostrase esperanza e ilusión, sin embargo, el destino me lo negaba una y otra vez. A medida que me acercaba tu sonrisa crecía y tu mano se ofrecía en mi dirección. Temblorosamente acerqué la mía, la cogiste y un simple “no preguntes” brotó de tus labios.
Recuerdo esa noche cada vez que me despierto a tu lado y tu mano aun coge la mía. Sin lugar a dudas, aquel borracho bien podría ser mi Dios.
Monday, July 6, 2009
Depresión
Un rayo de Sol traicionero se coló a través de la persiana con un ángulo imposible, alcanzando de lleno mi cara que descansaba sobre la suave almohada. Refunfuñé maldiciendo aquella molesta luz que me alejaba del maravilloso mundo onírico en el cual me refugiaba cada noche. A pesar de mi hábil maniobra dando media vuelta y parapetándome con la otra almohada, el mal estaba hecho, estaba despierto. Un ojo medio abierto asomó de debajo de las sábanas y enfocó el despertador, que mostraba cruelmente las seis y cuarto de la mañana y para más inri era domingo. Sin la obligación de levantarme, puse música y dejé vagar mi mente sobre lo que hacer aquel día, buscando un motivo por el cual mereciese la pena saltar de la cama. Aunque para aquel entonces estaba dormitando al ritmo de las Murder Ballads.
Dos horas más tarde me desperté de nuevo, dirigiéndome por inercia al baño y cuando realmente abrí los ojos, me encontré removiendo un café en el bar de enfrente mientras pasaba sin demasiado entusiasmo las hojas de El País. Estaba concentrado en buscar una justificación para estar despierto, pero estaba claro ni aquel periódico ni Lou Reed, que por entonces entonaba su Perfect Day, podrían convencerme del maravilloso día que me quedaba por delante. La resignación por no encontrar un motivo que me incitase a respirar aquel domingo se iba convirtiendo poco a poco en una pesada carga que gritaba despavorida en mi interior.
La frustración se apoderaba de mis pensamientos, y desesperado por mi ceguera pensé en llamar a mi mejor amiga, la que siempre me entiende e ilumina mi camino con sabios consejos, pero tenía el típico día en el cual no quieres hablar con nadie, aunque tampoco quería estar solo. El tiempo iba pasando mientras vagabundeaba por la ciudad, buscando infructuosamente explicaciones en un largo paseo, un par de cafés, algunas cervezas e incluso un helado. La ausencia de un motivo por cual sonreír me llevaba a verlo todo en tonos grises que no me permitían levantar la mirada del suelo, haciendo que mi carga, mi angustia, creciese a medida que pasaba el tiempo. No era por nada en particular, sabía que todo estaba en mi cabeza, pero era un día difícil.

Nota: El señor Kalo Varea me dijo que trataría de hacer alguna ilustración sobre lo que le inspiran mis relatos, a lo cual respondí con un “trataré de escribir lo que tus ilustraciones me inspiran”. Espero haberlo conseguido en este relatillo.
Dos horas más tarde me desperté de nuevo, dirigiéndome por inercia al baño y cuando realmente abrí los ojos, me encontré removiendo un café en el bar de enfrente mientras pasaba sin demasiado entusiasmo las hojas de El País. Estaba concentrado en buscar una justificación para estar despierto, pero estaba claro ni aquel periódico ni Lou Reed, que por entonces entonaba su Perfect Day, podrían convencerme del maravilloso día que me quedaba por delante. La resignación por no encontrar un motivo que me incitase a respirar aquel domingo se iba convirtiendo poco a poco en una pesada carga que gritaba despavorida en mi interior.
La frustración se apoderaba de mis pensamientos, y desesperado por mi ceguera pensé en llamar a mi mejor amiga, la que siempre me entiende e ilumina mi camino con sabios consejos, pero tenía el típico día en el cual no quieres hablar con nadie, aunque tampoco quería estar solo. El tiempo iba pasando mientras vagabundeaba por la ciudad, buscando infructuosamente explicaciones en un largo paseo, un par de cafés, algunas cervezas e incluso un helado. La ausencia de un motivo por cual sonreír me llevaba a verlo todo en tonos grises que no me permitían levantar la mirada del suelo, haciendo que mi carga, mi angustia, creciese a medida que pasaba el tiempo. No era por nada en particular, sabía que todo estaba en mi cabeza, pero era un día difícil.

Nota: El señor Kalo Varea me dijo que trataría de hacer alguna ilustración sobre lo que le inspiran mis relatos, a lo cual respondí con un “trataré de escribir lo que tus ilustraciones me inspiran”. Espero haberlo conseguido en este relatillo.
Sunday, July 5, 2009
El mar
Los nubarrones amenazantes atemorizaban al más bravo de los marinos y el frío viento con sabor a sal se colaba por todas las costuras de mis ropas, sin embargo, ni corto ni perezoso me senté en aquellas rocas contemplando el romper de las olas. No era el día idóneo para pasar al lado del mar, ni tampoco encerrado en un apartamento sin nadie a quien llamar y con tu rostro ocupando el cien por cien de mis pensamientos. Era el día perfecto para sentarse delante de una gran ventana y tener como única ocupación alimentar el fuego de una chimenea, para así mantener el calor de la sala mientras duermes acurrucada en el sofá, envuelta en tu manta preferida. Pero eso quedaba muy lejos de la realidad y en mi mente tan sólo se podría encasillar dentro del capítulo de la ciencia ficción, bueno, o de la dolorosa memoria.
Saqué de mi mochila aquel triste sándwich de jamón y queso. Todavía recuerdo aquellos picnic que organizabas en un abrir y cerrar de ojos, aquellos bocadillos que te inventabas y que siempre contenían un ingrediente especial que los convertía en únicos y deliciosos. Recuerdo mi sonrisa cuando te abrazaba mientras los guardabas en aquellas bolsitas, siempre del tamaño adecuado. Aquella tarde el sándwich venía en uno de los típicos envoltorios de supermercado, con sus calorías, precio y fecha de caducidad. Como la de nuestro amor, que expiró sin avisarme de lo que estaba pasando y sin poder hacer nada para remediarlo. Cobarde. Bastó un mordisco para degustar aquel desagradable sabor industrial, tan repugnante y artificial que ni aquella gaviota se atrevió a probar.
Aquella chimenea, la manta, el sándwich, incluso el escalofrío que recorrió mi cuerpo cuando comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia me recordaban a ti. Estaba atrapado entre mis recuerdos y esperanzas, sin un plan para olvidarte ni recuperarte, confiando mi errático viaje a la bendición del destino. Me levanté respirando profundamente, como una ceremonia de purificación a base de brisa marina, pero cada vez que introducía aire en mis pulmones, cientos de afilados puñales se clavaban en mi pecho. Cogí un puñado de piedras y me puse a lanzarlas, contando los botes que daban en el mar antes de desaparecer. Un, dos, tres… Y como jugando a deshojar una margarita pensé que tres botes podrían significar tu perdón. Un, dos… tras lo cual aquella gran ola emergió de la nada rugiendo maléficamente, engullendo otra de mis esperanzas.
Saqué de mi mochila aquel triste sándwich de jamón y queso. Todavía recuerdo aquellos picnic que organizabas en un abrir y cerrar de ojos, aquellos bocadillos que te inventabas y que siempre contenían un ingrediente especial que los convertía en únicos y deliciosos. Recuerdo mi sonrisa cuando te abrazaba mientras los guardabas en aquellas bolsitas, siempre del tamaño adecuado. Aquella tarde el sándwich venía en uno de los típicos envoltorios de supermercado, con sus calorías, precio y fecha de caducidad. Como la de nuestro amor, que expiró sin avisarme de lo que estaba pasando y sin poder hacer nada para remediarlo. Cobarde. Bastó un mordisco para degustar aquel desagradable sabor industrial, tan repugnante y artificial que ni aquella gaviota se atrevió a probar.
Aquella chimenea, la manta, el sándwich, incluso el escalofrío que recorrió mi cuerpo cuando comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia me recordaban a ti. Estaba atrapado entre mis recuerdos y esperanzas, sin un plan para olvidarte ni recuperarte, confiando mi errático viaje a la bendición del destino. Me levanté respirando profundamente, como una ceremonia de purificación a base de brisa marina, pero cada vez que introducía aire en mis pulmones, cientos de afilados puñales se clavaban en mi pecho. Cogí un puñado de piedras y me puse a lanzarlas, contando los botes que daban en el mar antes de desaparecer. Un, dos, tres… Y como jugando a deshojar una margarita pensé que tres botes podrían significar tu perdón. Un, dos… tras lo cual aquella gran ola emergió de la nada rugiendo maléficamente, engullendo otra de mis esperanzas.
Saturday, July 4, 2009
Dulce Castigo
Normalmente la angustia comenzaba cuando el Sol se ocultaba, pero aquella tarde todavía se vislumbraba su figura entre la niebla cuando mi estómago se empezó a encoger. Una sensación que lamentablemente no era extraña para mi ya que era el único pensamiento que se apoderaba de mi mente en aquellos días. Siempre había pensado que era un romántico, un Rimbaud del siglo XXI, pero últimamente estaba descubriendo la fría y cruda realidad de mi persona, la de un ser egoísta y despiadado. Caminando entre la húmeda y pegajosa niebla del verano repasaba una y otra vez mis mentiras, bonitas palabras que enamoraban a bellas damiselas, pero palabras vacías de contenido. Esas palabras se convertían en puñales emponzoñados de amor, ese veneno que mata poco a poco. Ungía el filo de mis afiladas armas meticulosamente, con la escrupulosa paciencia de un asesino a sueldo y las clavaba lentamente en mis víctimas, regocijándome mientras contemplaba su sonrisa bajo la acción de mi poderosa droga. Un juego peligroso cuando careces de antídoto, y aquellos días había perdido la pulcritud de antaño y un pequeño corte canalizaba la dolorosa enfermedad hacia mis entrañas.
Sin embargo, carecer de corazón ayudaba a soportar el dolor, que en vez del típico sentimiento con nombre propio se estaba convirtiendo en un miedo esperpéntico a la soledad. Esa era mi enfermedad, soledad. Recordaba una multitud de escritos como éste, en los que me veía solo, sin un lugar a donde ir, sin nadie que me esperaba eternamente. Demasiadas palabras sobre la perfección del amor de esa princesa vampira que torturaba mi corazón, que al fin y al cabo no dejaban de ser idealizaciones de mi miedo, pero palabras que al fin y al cabo me estaba creyendo, sintiéndome por primera vez protagonista y víctima de mis historias. Trataba de canalizar mi odio y me esforzaba en ponerle un rostro para volcar mi ira, alguien al quien culpar de lo que me estaba pasando, sin embargo, cuando cerraba los ojos y apretaba fuertemente mi mandíbula, la única imagen que era capaz de visualizar era la de mi persona ungiendo veneno.
Para aquel entonces, con una imagen clara del culpable de mi estado, decidí hacerlo sufrir y sentir en primera persona mi crueldad. Resignado, apreté el cuchillo contra mi pecho y lo deslicé con decisión produciendo un profundo corte que quemaba como las mismísimas llamas del infierno. El intenso dolor del amor se aferró fuertemente a un corazón que había dejado de latir tiempo atrás, y las únicas palabras que pude pronunciar entre lágrima y lágrima fueron ¨Dulce castigo¨.
Sin embargo, carecer de corazón ayudaba a soportar el dolor, que en vez del típico sentimiento con nombre propio se estaba convirtiendo en un miedo esperpéntico a la soledad. Esa era mi enfermedad, soledad. Recordaba una multitud de escritos como éste, en los que me veía solo, sin un lugar a donde ir, sin nadie que me esperaba eternamente. Demasiadas palabras sobre la perfección del amor de esa princesa vampira que torturaba mi corazón, que al fin y al cabo no dejaban de ser idealizaciones de mi miedo, pero palabras que al fin y al cabo me estaba creyendo, sintiéndome por primera vez protagonista y víctima de mis historias. Trataba de canalizar mi odio y me esforzaba en ponerle un rostro para volcar mi ira, alguien al quien culpar de lo que me estaba pasando, sin embargo, cuando cerraba los ojos y apretaba fuertemente mi mandíbula, la única imagen que era capaz de visualizar era la de mi persona ungiendo veneno.
Para aquel entonces, con una imagen clara del culpable de mi estado, decidí hacerlo sufrir y sentir en primera persona mi crueldad. Resignado, apreté el cuchillo contra mi pecho y lo deslicé con decisión produciendo un profundo corte que quemaba como las mismísimas llamas del infierno. El intenso dolor del amor se aferró fuertemente a un corazón que había dejado de latir tiempo atrás, y las únicas palabras que pude pronunciar entre lágrima y lágrima fueron ¨Dulce castigo¨.
Friday, July 3, 2009
Una noche de invierno
Las pequeñas velas en el suelo se reflejaban en la puerta de cristal creando una línea de cálidos puntitos amarillentos que contrastaban con la blanca nieve que se acumulaba en el exterior. El viento desordenaba los copos que caían, amontonándolos caprichosamente en una esquina del balcón. En el mismo reflejo se podía vislumbrar la figura de un hombre desnudo de mirada perdida, quien sentado en un enmoquetado suelo se abrazaba las rodillas. Allí me encontraba yo, acurrucado en una cálida habitación que sin embargo no era menos inhóspita que el exterior. Acurrucado frente a las velas tarareaba la canción que sonaba en el estéreo con la mirada clavada en mi teléfono móvil. Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, y por ello me estaba agarrando a un clavo ardiendo. Va de refranes.
La canción era una de las nuestras, llena de memorias, tu rostro, tu sonrisa, nuestra felicidad. Ahora reducida a una esperanza infundada que me apuñalaba, atravesándome el corazón repetidas veces, ensañándose vilmente con mis sentimientos. Apretaba los dientes fuertemente buscando el coraje suficiente para soportar el dolor porque no podía dar por perdida esa esperanza, mi vida, mi deseo, mi ilusión. A medida que avanzaba el disco el dolor se hacía más intenso, sin embargo soportaba estoicamente la tortura respirando profundamente entre canción y canción.
La nieve había cesado, cediéndole el paso a la luz de luna que empalidecía aun más mi cándido cuerpo. El fin de la tormenta trajo la calma en el exterior y el fin de mi batalla lo puso el último tema del disco. Me acosté en el suelo con la clara intención de descansar y tan pronto como apoyé mi cabeza en el suave cojín, liberado, rompí a llorar desconsoladamente. Mis llantos y el zozobrar del viento era lo único que quedaba vivo en aquella noche de invierno. La visión a través de mis llorosos ojos mostraba una única vela encendida, alimentada por una minúscula porción de cera, pero suficiente para hacerla brillar. Allí descansé.
La mañana siguiente el teléfono seguía sin tener ningún mensaje nuevo.
La canción era una de las nuestras, llena de memorias, tu rostro, tu sonrisa, nuestra felicidad. Ahora reducida a una esperanza infundada que me apuñalaba, atravesándome el corazón repetidas veces, ensañándose vilmente con mis sentimientos. Apretaba los dientes fuertemente buscando el coraje suficiente para soportar el dolor porque no podía dar por perdida esa esperanza, mi vida, mi deseo, mi ilusión. A medida que avanzaba el disco el dolor se hacía más intenso, sin embargo soportaba estoicamente la tortura respirando profundamente entre canción y canción.
La nieve había cesado, cediéndole el paso a la luz de luna que empalidecía aun más mi cándido cuerpo. El fin de la tormenta trajo la calma en el exterior y el fin de mi batalla lo puso el último tema del disco. Me acosté en el suelo con la clara intención de descansar y tan pronto como apoyé mi cabeza en el suave cojín, liberado, rompí a llorar desconsoladamente. Mis llantos y el zozobrar del viento era lo único que quedaba vivo en aquella noche de invierno. La visión a través de mis llorosos ojos mostraba una única vela encendida, alimentada por una minúscula porción de cera, pero suficiente para hacerla brillar. Allí descansé.
La mañana siguiente el teléfono seguía sin tener ningún mensaje nuevo.
Thursday, July 2, 2009
Under the bridge
Apuré el último trago de güisqui. Acompañando el vaso vacío dejé un billete lo suficientemente generoso para que el camarero se sintiese agradecido y me fui. No quería estar allí, había sido nuestro bar durante muchas noches y el tema que estaba sonando tan sólo acentuaba mi tortura, recordándome mi patética existencia. Como en la canción, sabía que al cruzar la puerta nadie esperaba, la ciudad era mi única amiga. Cuando me dejaste no sólo te llevaste una parte de mí, sino que además me arrancaste mi vida, mis amigos. Mentí. Al cruzar la puerta la fría lluvia me esperaba, amenazante, pero tan sólo te sientes amenazado cuando tienes algo que perder, y yo ya lo había perdido todo. Como tantas otras noches, ejecuté el mismo ritual y vagué sin rumbo ni dirección esperando que la ciudad me llevase al sitio donde realmente deseaba ir. Conocía sus aceras, sus farolas, sus calles, sus rincones, y ella me conocía a mí, mis actos, mis angustias, mis pensamientos. Como siempre, mi única y verdadera amiga, mi ciudad, se solidarizó conmigo llorando juntos, y sus lágrimas acompañaron las mías mezclándose sin pudor en mi rostro desencajado. Aquella noche me guió por todos los lugares en los que en algún momento había sido feliz contigo. Un viaje en el cual no faltó aquel puente bajo el cual charlamos largo y tendido sobre nuestras vidas. Aquella noche nuestro banco estaba siendo usurpado por una pareja que reía, disfrutaban de la vida y se sentían el centro del universo. Lo eran. Allí me senté, los contemplé y dejé viajar mi imaginación, más bien mi corazón, a lugares que tan sólo existían en mis recuerdos. Amanecí en el mismo sitio, calado hasta las entrañas, pero había superado una noche más y el final del túnel estaba cada vez más cerca, o eso esperaba. Una hermosa mañana de invierno, como la calma después de la tempestad, me arrancó una sonrisa. Y la ciudad, mi amiga, también sonrió.
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