El ruido de mis tripas rompía el agradable silencio del salón, así que dejé a un lado a Jason Lutes y como cualquier persona normal me dirigí a la cocina, esquivando con mis pies descalzos los trastos que colonizaban el suelo. El primer vistazo a la nevera fue demoledor, dos cervezas en una gran caja de cartón color verde Keith´s, granadina y una lata de zumo de tomate se convertían en los tristes habitantes de aquel inhóspito territorio. El segundo intento no deparó una visión más alentadora, encontrándome dos cubiteras medio llenas, hoy estoy optimista, además de un par de bolsas de fruta congelada que aguardaban por la blanca compañera para convirtiese en deliciosos batidos. Con ambas puertas abiertas y con una lucecita que despertaba de un largo letargo como único testigo, permanecí durante unos largos segundos de brazos cruzados, escudriñando con la mirada los rincones de aquel triste electrodoméstico. Una sonrisa de resignación y un profundo suspiro acompañaron a un suave golpecito que cerró las puertas de aquel virgen territorio, dando su merecido descanso a aquella incansable lucecita. Al menos está limpia, pensé. Las dos alacenas que podrían contener algo interesante eran más fáciles de revisar, así que tras coger un puñado de uvas pasas me encogí de hombros y sonreí.
Mi cocina superaba cualquier umbral y lejos de parecerme patética me resultaba simpática. Esa noche no tenía ganas de llorar, también había superado el umbral en ese aspecto, así que cogí aquella olla, la llené de agua y preparé un delicioso arroz en blanco. Y nadie pudo evitar la complicidad con mis cacerolas mientras masticaba aquellos crudos granos de arroz.
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